domingo, 17 de mayo de 2009

SUPERINTELIGENCIA

ABCD. ANDRÉS IBAÑEZ. 10 de mayo de 2009.

En los próximos treinta años conseguiremos los medios tecnológicos para crear una inteligencia sobrehumana. Poco después, la era humana habrá concluido.» Así comienza el texto «La Singularidad», de Vernor Vinge, publicado dentro de la antología El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres (Impedimenta). Vernor Vinge es profesor de ciencias exactas en la Universidad de San Diego y autor de varias novelas de ciencia-ficción. «La Singularidad» fue presentado como comunicación en el congreso «Vision 21» (1993), patrocinado por la NASA y el Ohio Aerospace Institute.

Vinge razona que el proceso de creación de la superinteligencia es verdaderamente imparable, ya que no habrá consideración ética ni de otro tipo que impida a la tecnociencia que fabrique algo que es posible fabricar (aunque sea por miedo a que lo fabrique antes la competencia). La creación de máquinas superinteligentes será el último invento que haga la raza humana. Ya que una máquina infinitamente más inteligente que una persona será capaz de crear, a su vez, otras máquinas y de tomar todo tipo de decisiones. Será el último invento y también la última acción genuinamente humana. Después llegará la época «posthumana». Pero en este nuevo orden de cosas: ¿nos ayudarán las máquinas o nos aniquilarán? ¿Se pondrán las máquinas superinteligentes al servicio de unos seres notoriamente inferiores, o bien nos convertirán en esclavos? Vinge parece inclinarse por la última posibilidad. El futuro, nos dice, es sombrío, pero no hay forma de cambiarlo.

Algo quimérico. Sin embargo, Vernor Vinge puede dormir tranquilo. En 2030 no se habrá creado ninguna máquina superinteligente, y si se crea, esa máquina nunca «despertará», como él y tantos otros científicos se temen. Las máquinas no «despiertan», ni siquiera las superinteligentes, y construir una máquina dotada de conciencia es algo tan quimérico como crear un perpetuum mobile. Se preguntarán ustedes cómo una persona sin formación científica se atreve a hacer este tipo de afirmaciones. Pero creo que es precisamente mi formación la que me permite hacerlas.

Lo primero que debe decirse es que la inteligencia no es, ni con mucho, la característica más importante de la psique humana. Creo yo (y espero que mi argumento sea aceptado por su sensatez y no por su posible valor sentimental) que lo más importante que puede tener un ser humano no es su inteligencia, sino su bondad.

Ser felices. La inmensa mayoría de las personas no somos excesivamente inteligentes, y hay muchas, quizá la mayoría, que lo son muy poco. Sabemos que los muy inteligentes pueden ser también despiadados y malvados, depresivos y autodestructivos, corruptos y manipuladores. Algunos seres humanos desean ser más inteligentes, pero todos, sin excepción, desean ser más felices. ¿Por qué no pensamos en crear una máquina superbondadosa? ¿Por qué no intentamos crear Bondad Artificial en vez de simple Inteligencia Artificial? Lo más importante en la vida humana no es la inteligencia, sino la armonía con uno mismo, con las propias expectativas, con los demás, con la naturaleza.

Lo segundo que se me ocurre es que cuando Vinge compara una inteligencia humana con una superinteligencia artificial lo primero que hace, sin darse cuenta siquiera, es ignorar la existencia del cuerpo y también de eso que solemos llamar «la naturaleza». Porque mi «autoconciencia» no sucede en el vacío y no puede replicarse tampoco en el vacío. Sucede, precisamente, dentro de mi cuerpo, y gran parte de lo que soy, incluso de lo podríamos llamar mi «vida interior», viene determinada por el hecho de que tengo un cuerpo de carne y estoy dentro del ciclo de la naturaleza.

El problema de los científicos como Vinge es que, sin darse cuenta, siguen repitiendo la forma más tosca de dualismo. Ellos no hablan de «alma» dentro de un «cuerpo», sino de «conciencia» dentro de un «soporte de carbono», una simple diferencia terminológica. Pero mi cuerpo y yo estamos inextricablemente unidos. Mi autoconciencia está en gran medida determinada por mi cuerpo, por mis órganos, por la ley de la gravedad, por mis sensaciones, por mi sensación del paso del tiempo. ¿Qué «conciencia de sí» puede tener una máquina que no puede andar por la calle, ni bañarse en un río helado, ni sentir vértigo, ni deseo sexual, ni hambre, ni envidia, ni admiración por nada más grande que ella misma?

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