"No se trata de hablar, ni tampoco de callar: se trata de abrir algo entre la palabra y el silencio." ROBERTO JUARROZ
jueves, 28 de julio de 2011
JESÚS GE en Culturamas
La pervivencia de las sendas de renovación o ruptura del lenguaje poético tradicional, iniciadas por las vanguardias de principios del siglo XX (Dadaísmo, futurismo, etc.), tienen en la actualidad una continuación, especialmente viva, en la llamada poesía sonora. Muchas son los poetas y artistas que desde los años 60 y 70 del pasado siglo en España han venido trabajando en este campo y han ido desarrollando su propia experimentación sonora de manera más o menos solitaria.
En esta ocasión me gustaría hablar del poeta Jesús Ge que trabaja desde las bases de las vanguardias de principio de siglo XX, pero construyendo un discurso propio y significativo gracias a una fonética imaginativa y a un lenguaje pre-verbal, y desarrollando su creación haciendo hincapié en cuestiones de rabiosa actualidad. Todo ello, paradójicamente, produce en sus espectadores u oyentes un reencuentro con un sentido más natural o realistas del habla y de las palabras, alejando el discurso poético de los convencionalismos que, a menudo, lo atenazan. Asimismo consigue desnudar el discurso político actual, totalmente vacío de ideas pero lleno de palabras huecas y aspavientos histriónicos, así como revelarse ante las etiquetas engañosas de la creación vanguardista (hasta poner en entredicho el propio término de vanguardia) y, por supuesto, haciendo evidente las contradicciones del lenguaje y la comunicación humana.
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domingo, 7 de marzo de 2010
LOS DERECHOS DE AUTOR (II)
A base de repetirlo, la frase puede sonar a manida, en cualquiera de las tres acepciones que el DRAE atribuye a la palabra (sobada, a punto de pudrirse o trillada), pero no deja de ser cierta: la OCU, desde siempre, ha defendido el derecho de todo autor a obtener el beneficio del valor añadido que su obra aporta a la sociedad.
Pero no es menos cierto que cuando un creador, en cualquiera manifestación de la creación artística, alumbra una obra, lo hace para que se conozca y se disfrute. ¿Sería posible imaginarse a un artista dedicando sus capacidades a escribir un libro o una obra de teatro o a componer una canción para guardar el original en un cajón? El creador necesita del apoyo de quien dé a conocer su creación. Así pues, potenciar el conocimiento de una obra es, sin duda, una contraprestación que, en el mundo en el que nos movemos, puede también traducirse a términos económicos.
Cuando una emisora de radio lanza a las ondas o en un bar suena una canción de un cantante,
cuando un grupo de chavales dedica horas y horas a poner en escena la obra de un poeta, cuando una cadena de televisión coloca un videoclip de un grupo musical, no cabe duda de que la emisora, el bar, el grupo de chavales o la cadena de televisión están haciendo posible que se cumpla la razón de ser de esa obra: contribuir a su conocimiento y rescatarla del olvido. Está aportando a la obra de creación su verdadero sentido: que sea conocida y valorada.
Pretender, como pretenden los gestores de las mal llamadas sociedades de gestión de derechos de autor, que cada vez que una canción suene, que cada vez que una obra de teatro se represente o que cada vez que una melodía se escuche haya que pasar por caja es olvidarse de la verdadera naturaleza de una obra creativa y reducirla a representar el absurdo papel de mecanismo de recaudación, con un indudable impacto en el bolsillo de los consumidores, que, siempre, acabamos siendo los paganos de tanta voracidad.
Quizás no sea tan irracional lo que decía un enfadado propietario de un bar en una entrevista
televisiva: “Así lo que van a conseguir es que me tengan que pagar si quieren que en mi bar se
escuchen sus canciones”.
sábado, 23 de enero de 2010
Sobre Gil de Biedma
(...) la actual y tan abundante producción industrial de la literatura busca la disolución del discernimiento y de la inteligencia. Buena parte de la literatura actual es un Try Again. Inténtelo de nuevo. Biedma y Rulfo son un Contra-Try Again. (...)
Manuel Vilas, en ABCD. "Gil de Biedma, con él llegó el escándalo".
Para leer el artículo completo, pincha aquí.
lunes, 13 de abril de 2009
LA VOZ DEL POETA RECIÉN CASADO
Juan Ramón Jiménez tenía 35 años y estaba enamorado. Zenobia Camprubí, su enamorada, estaba en Nueva York, y allí se fue el poeta de Palos de Moguer, para casarse. Entonces el amor se resolvía así, como siempre.
Luego vivieron juntos toda la vida, en medio de vicisitudes que incluyeron el exilio, pero aquel viaje (y aquel enamoramiento) dio de sí un libro capital en la poesía amorosa española, Diario de un poeta recién casado, en cuyo frontispicio el que sería premio Nobel escribió: "En este álbum de poeta copié, en leves notas, unas veces con color sólo, otras sólo con pensamiento, otras con luz sola, siempre frenético de emoción, las islas que la entraña prima y una del mundo del instante subía a mi alma, alma de viajero, atada al centro de lo único por un hilo elástico de gracia; pobre alma rica, que, yendo a lo suyo, se figuraba que iba a otra cosa... o al revés, ¡ay!, si queréis".
"Ni más nuevo, al ir, ni más lejos; más hondo". El poeta de lo hondo buscaba ahí la voz solitaria con otra voz, y ha hallado, 83 años después, una nueva voz, la que le da su paisano José Luis Gómez, actor. A Gómez, que es también de Huelva, le propuso José García Velasco, entonces presidente de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones del Ministerio de Cultura, que recitara esos versos, y contestó "sin dudar que sí". Había desechado otros proyectos de lectura, para audiolibros, pero esta vez no tuvo dudas, "si era para leer Diario de un poeta recién casado". Y había un motivo: era un libro que acompañó al actor en su adolescencia; pero la memoria no podía devolver la hondura y dificultad que encierra el libro. Dice José Luis Gómez: "Al tomar de nuevo el libro en mis manos me percaté de lo poco consciente que era de su complejidad y riqueza".
Lo había leído muy temprano, "en tierras del Sur, allá por mis diecisiete años; y no había vuelto a él sino con lecturas esporádicas de poemas aislados, muy separadas entre sí por el tiempo. Pero la huella de la primera lectura lejana, pese a ser desdibujada e imprecisa, poseía una latencia extraordinaria".
Dice Luis Muñoz, que ha hecho la selección de poemas para el proyecto que ha dirigido Gómez, que Diario de un poeta recién casado "es un libro inundado por la felicidad del amor correspondido, una situación que era nueva para Juan Ramón Jiménez en el momento de ponerse a escribirlo". Es el descubrimiento de la felicidad, y eso es hondo; pero hay un proceso administrativo, ritual y contingente: "Lo que se produjo en la vida de Juan Ramón Jiménez antes, durante y después de su viaje, el primero, por cierto, que hizo en barco", cuenta Muñoz, "fue la culminación de su relación con Zenobia Camprubí, a quien había conocido tres años antes y a la que a pesar de los muchos rechazos que obtuvo de ella, terminó felizmente conquistando".
Fue un encuentro cuyos adjetivos, dice Muñoz, darían para construir una novela rosa: "Percepción psicológica, entrega absoluta y apasionada, capacidad sobrada para pedir perdón, paciencia, impaciencia y, además, talento para convencer, pese a las resistencias iniciales, a la madre de ella".
Y está la voz, en esta edición, la voz de José Luis Gómez. "Muchos nos preguntamos", dice el actor, "acerca de la manera adecuada de leer poesía a viva voz, para otra persona. Aparte de la imprescindible sencillez, parece cuestión importante la necesidad, o no, de revelar y respetar su estructura y forma, el modo en que las imágenes puedan, o no, ser elocuentes sólo a través de la voz humana, hasta dónde es posible, y lícito, privilegiar la vivencia del poema y con qué medios se puede tornar vívida esa condensación artística de lo vivido que es el poema".
Leer es una obra de arte. "Hablaba María Zambrano de 'la palabra entrañada' en la poesía", recoge Gómez, "y los maestros de mi oficio dicen que ésta debe ser emitida no desde el 'músculo de la lengua' sino desde el corazón". Desde esa clave hizo Gómez "este viaje sonoro" de su voz a lo hondo de la poesía del autor recién casado, y entonces tan feliz que escribió esto:
"Sencillez pura,
fuente del prado tierno de mi alma,
olor del jardín grato de mi alma,
canción del mar tranquilo de mi alma,
luz del día sereno de mi alma".
Juan Ramón recién casado, descubriendo el viaje hacia "lo único por un hilo elástico de gracia".
(tomado de EL PAÍS. Madrid, 10 de abril de 2009)
domingo, 7 de diciembre de 2008
TRASTOS VIEJOS, ANCIANOS CREADORES
EL PAÍS
Opinión - 07-12-2008
A punto de cumplir 100 años el realizador de cine portugués Manoel de Oliveira comentaba el otro día en un coloquio sobre su obra el inmenso placer que le proporcionaba cada nuevo rodaje. El ejemplo de Oliveira, quien hizo su primer documental en 1931, nada menos, es probablemente extremo pero puede relacionarse con los de otros cineastas longevos que últimamente nos han ofrecido notables películas, como Claude Chabrol o Sydney Lumet, para no referirme a directores como Clint Eastwood, el cual, entrega tras entrega, parece aumentar su excelencia a cada año que pasa.
Las palabras de Manoel de Oliveira acerca de su trabajo, y del disfrute que éste le continuaba procurando, me han recordado lo que afirmaban recientemente otros dos centenarios, o cuasi centenarios, que se mantienen en una plenitud creativa. Moisés Broggi, el cirujano que hizo decisivas aportaciones en la hospitalización de campaña durante la Guerra Civil, sigue escribiendo sus magníficas Memorias. Por su parte, Rita Levi-Montalcini, la neuróloga italiana, contaba graciosamente cómo había escapado de cualquier oferta de jubilación, aun a riesgo de quedarse casi sin dinero, y cómo seguía dirigiendo cotidianamente su laboratorio.
En los tres casos el común denominador era considerarse a sí mismos como seres capaces de ilusión y no como meros vestigios del pasado. Tenían proyectos de futuro en sus respectivas tareas. Naturalmente, uno puede reírse del hecho de que un anciano centenario albergue proyectos de futuro. Pero, más allá de que cualquiera es libre para establecer sus propias utopías, Rita Levi-Montalcini explicaba muy bien la causa última de su vitalismo de senectud. Venía a decir que no le preocupaba la muerte -necesariamente próxima dada su edad- porque tras tantos años de investigación científica sobre la vida no consideraba que ésta, y por tanto tampoco la muerte, pudiera medirse como lo que sucede a este "pequeño cuerpo nuestro". Su conclusión era que el cosmos merecería que lo viéramos de otra manera, menos mezquina si se quiere.
No sé si Oliveira o Broggi compartirían esta opinión pero, tan agnósticos como Levi-Montalcini, bien podrían hacerlo pues también ellos han apostado por atravesar la vejez como seres vivientes y no como meros supervivientes. Una elección que, no obstante, no resulta fácil en un mundo con drásticas fronteras cronológicas y siempre al servicio de la cadena productiva.
A este respecto, por más que se vincule originalmente al júbilo, la jubilación ha acabado por convertirse en nuestra sociedad en algo inquietante. Es completamente seguro que un viejo hoy, gracias a que ha alcanzado la jubilación -o a que ha sido alcanzado por ésta-, se siente en térmi-nos económicos o sanitarios más protegido que los viejos de otros tiempos; sin embargo, no estoy convencido de que haya habido el mismo progreso en cuanto al respeto que percibe por parte de la comunidad que le rodea. Es verdad que ahora tenemos viejos en buena forma física e incluso, gracias a los últimos inventos, con resurrecta sexualidad, viejos a los que vestimos como adolescentes y hacemos viajar de un extremo a otro del mundo en animados tours organizados, viejos que entretienen su ocio con todo tipo de maquinitas; pero ¿a alguien se le ocurre que tenga que haber asimismo viejos sabios?
Creo que, en nuestros días, a casi nadie se le pasa por la cabeza algo semejante. Y, sin embargo, quizá más de un jubilado -incluso con jubilación monetariamente notable- cambiaría sus viajes organizados, sus ocios televisivos y aun sus renovadas proezas eróticas por la percepción de sentirse respetado como alguien que ha consumido los años, precisamente, para adquirir ciertos conocimientos respetables. No sería de extrañar que en nuestra democrática civilización algunos ancianos fantaseasen secretamente, y sin atreverse a decirlo en voz alta, con aquellas remotas épocas en las que la vejez, contemplada como culminación de la existencia, veía compensada la inevitable fragilidad corporal con el don de la sabiduría, que los más jóvenes reconocían respetuosamente a la espera de que llegara, también para ellos, la edad senatorial.
Cuando hace un par de años vi los criterios con que se realizó el saneamiento de Televisión Española pensé que nunca la estupidez cronologista había llegado tan lejos. ¿Cómo podía ser que la condición principal para permanecer o no en el Ente fuera haber cumplido 50 años? ¿No se daban cuenta en el Ente, con el ingenio metafísico que la propia palabra denota, de la enorme sangría que este igualitario procedimiento significaba? ¿La permanencia de un imbécil o de un ignorante de 35 años debía implicar la expulsión de un talento de 60? Y, pensando ya no sólo en términos creativos sino también económicos, ¿cómo se podían arrojar por la borda tan lastimosamente años de aprendizaje y maduración de realizadores o guionistas que seguramente, tras los cincuenta, llegaban al momento dulce de su profesión? Dado que es indiferente la edad de los que no valen, la marginación de los que valen por motivos de edad me pareció un segregrarismo brutal.
Sin embargo, en esos dos años he comprobado que Televisión Española, el Ente, ha sido la vanguardia de un proceso que abarca a toda la sociedad. Con la misma excusa del saneamiento, a la que se añade hipócritamente la supuesta promoción de las jóvenes generaciones, la voraz maquinaria de las jubilaciones anticipadas, y más o menos forzadas por las circunstancias, actúa sin contemplaciones en los hospitales, universidades o medios de comunicación. En muchos casos gentes de gran valía se ven obligados a abandonar sus trabajos, justo en el momento de su máximo rendimiento, bajo la acusación implícita, a menudo, de estar impidiendo el acceso a los jóvenes y, en consecuencia, sin tener en cuenta que en la formación de éstos el asesoramiento de los maestros es imprescindible para asegurarse la línea de continuidad cultural que vertebra una sociedad.
Los efectos de esta política son desastrosos, incluso desde el punto de vista de la renovación generacional que se proclama, pues, con frecuencia, alentados por el igualitarismo cronológico que transforma a los que deberían ser maestros en trastos viejos, muchos de los jóvenes que acaban siendo promocionados no son los más talentosos o los más intelectualmente apasionados sino los más expertos en boletines oficiales y otras burocracias. De seguir así es muy probable que nos quedemos sin los jóvenes que podrían llegar a algo y sin los ancianos que ya habían llegado.
Miguel Ángel acabó el Juicio Final a los 70 años; Sófocles escribió Edipo en Colono a los 80; Goethe tenía 81 cuando puso la última línea a su Fausto.
jueves, 1 de mayo de 2008
¿PARA QUÉ TANTO LEER? (Vicente Verdú)
El libro constituye un bien tan significativo de una determinada cultura que esperar a que se lea cuando su sistema desaparece es lo mismo que reclamar que perviva una hormiga sobre una superficie de alquitrán. La vida de la hormiga es tan improbable en la Gran Vía como la vida del libro es exigua en el angosto y hasta alicatado ocio de la cotidianidad.
El insecto queda exterminado sin infligirle un mal directo, pero no se reproducirá en la ciudad. Igualmente, el fin del libro y su lectura no proceden, en especial, de la educación deficiente, la impericia de las editoriales o una siembra de cizaña (¿televisión?, ¿videojuegos?) que lo matan directamente y de raíz. Simplemente, la lectura va a menos porque no encuentra suelo donde arraigar ni espacio donde esponjarse.
La actualidad del mundo, la realidad de los intervalos de trabajo y tiempo libre, coinciden con una disponibilidad para leer tendente a cero. Y no se diga ya para leer a fondo. Los momentos en que aún se lee se obtienen de intersticios de una construcción cuya fachada central repele lo libresco como materia ajena a su iluminación natural. Se lee, efectivamente, en los cantones del sistema, en los estrechos itinerarios de transporte público, en los puentes o en las vacaciones, en los tiempos muertos.
Todo tiempo oreado y candeal se ocupa, generalmente, en otros gozos, sean los viajes, el sexo, Internet, las copas, los juegos en las pantallas, las cenas o los cines. ¿Tiempo para leer? Quien lee se extrae literalmente de la cadena nutricional reinante para insertarse en un nicho marginal. Todo lector, y tanto más cuanto más lo es, traza su fuga y, a su pesar, se convierte en fugitivo de la contemporaneidad.
Efectivamente, los lectores de Harry Potter y otros best sellers internacionales no abandonan el reino, pero ¿quién puede decir que encarnan al profundo lector? Son lectores mutantes que como la presunta clase de himenópteros futuros hallará albergue en el asfalto. No ya en la fisura del asfalto sino en el mismo piso puesto que esta tipología no alude a un lector convicto, sino al libro de recreo importado de lo audiovisual. Son lectores de letras pero no letrados, siguen la línea de la página pero según los patrones del hilo cinematográfico o del musical.
El resto, los lectores conspicuos que aún permanecen, son hoy trabajadores autónomos, artistas profesionales, jubilados, impedidos, enfermos, críticos literarios, editores, directores de colección, traductores, autores. Fuera de ese ejército marcado y en declive creciente, apenas unas unidades más pueden sumarse al mundo lector.
Los libros, infantiles, juveniles, de autoayuda, de intriga, de salud, de consejos prácticos, de empresa, de texto, etcétera, componen la mayoría del tonelaje que trasladan todavía los contenedores del sector editorial y que pronto serán reemplazados masivamente por la superior eficiencia de las pantallas. No hay ocasión, pues, para complacerse en los libros literarios o en los libros del saber, ni tampoco una razón firme para confiar en su ventaja utilitaria.
En consecuencia, toda lectura de El Quijote con el ánimo de propagar la lectura como signo de salvación social no será sino la chusca representación de una función agotada y la teatralización de la impotencia. No se lee por El Quijote, no se lee siquiera por consejo o ejemplo de los padres, se lee cuando el bocado de tiempo que pertenece al libro procura sabrosas y efectivas sensaciones de placer. Sin embargo, para ello no basta cualquier tiempo marginal, contaminado o intersticial, ni tampoco el tiempo urgido o el intervalo fatigado del fin del día. Quienes leemos y leen el libro no se alistan entre quienes se integran más y mejor, sino entre los que añoran ese producto que aprendieron saludablemente a paladear.
¿Escuelas gastronómicas para la lectura? Todas las escuelas gastronómicas se dirigen a acrecentar la variedad de los restaurantes, esos espacios donde efectivamente el mundo joven acude con insólita frecuencia y cuyo disfrute pertenece de pleno derecho a los entretenimientos de esta cultura reinante que atiende, en sus acortados tiempos libres, a las benditas sensaciones del cuerpo y no a los enrevesados ejercicios que a menudo exige la degustación mental.
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sábado, 16 de febrero de 2008
COMUNICADOS DE LA TORTUGA CELESTE (Andrés Ibañez)
Todos los sábados en el suplemento cultural de ABC -según algunos expertos, el mejor suplemento cultural de los periódicos nacionales, con bastante independencia de la línea editorial de su periódico nodriza-, escribe Andrés Ibañez una columna que llama Comunicados de la tortuga celeste. Semana tras semana, Andrés Ibañez nos invita a la reflexión sobre los distintos mundos que nos rodean y nos afectan: arte, literatura, educación,... Esta semana -no sé si influido por la corriente de campaña electoral que nos asola- nos trae un mensaje muy activista y positivo. Os lo pongo entero. Espero que os guste.
PUEDES HACER LO QUE QUIERAS
Algún día estarás muerto y ya no podrás hacer nada, al menos en este mundo, y hubo una época, hace años, antes del momento de tu nacimiento, en que no estabas aún en este mundo, no estabas vivo, y entonces no podías hacer nada (al menos en este mundo), pero ahora estás vivo, puedes hacer lo que quieras. Tienes límites: no tienes alas, no puedes volar, no puedes respirar debajo del agua, pero esos límites no son realmente carencias, sino tu forma, tu forma humana. Es cierto que no puedes volar, ni atravesar las paredes, ni mover los objetos a voluntad, es cierto que cosas que son mucho más fáciles, o que al menos son posibles para otros, a ti te parecen imposibles o casi imposibles (lograr el amor de un cierto hombre o de una cierta mujer, escribir un libro, tener un hijo, dejar el alcohol), pero siempre hay cosas que puedes hacer y que no haces.
Puedes tomar decisiones. Puedes cambiar cosas. Siempre puedes cambiar cosas, buscar, cambiar, siempre, aunque estés encerrado en el corredor de la muerte, porque estás vivo y puedes hacer lo que quieras. Siempre piensas, por puro hábito retórico, en situaciones límites: en volar, en ser inmortal, en estar encerrado en una prisión. Cualquier cosa con tal de evitar pensar en tu situación real, en la situación en la que estás ahora mismo.
TODOS LOS HOMBRES. Pero no pienses en los otros, no pienses en esos ejemplos meramente teóricos. Piensa en ti, en tu situación actual. Te sientes atrapado. Sientes que es imposible lograr lo que deseas, que todo ha sido ya decidido. Estás vivo, pero estás viviendo como si estuvieras muerto, o como si estuvieras muriendo, o como si tu muerte estuviera próxima. Pero estás vivo, y aunque te resulte extraño pensarlo, puedes hacer lo que quieras.
La humanidad, de la que habrás oído hablar, las grandes civilizaciones, los grandes emperadores y reyes del pasado, las grandes batallas, las gestas, los descubrimientos, las hazañas y las conquistas, nada de eso existe. No existen ni César ni Alejandro, ni los 300 de las Termópilas. No existen los egipcios ni Moisés, no existen Galileo ni Copérnico. Existes tú. Tú eres la civilización. Tú eres la humanidad. Eres todos los hombres. Eres quien está vivo. Los otros no están vivos. Alejandro no está vivo. Bach no está vivo, y no puede hacer nada. Tú sí. Estás vivo, y puedes hacer lo que quieras.
Estás vivo ahora, y durante un breve espacio de tiempo. Es breve si lo comparamos con la vida de las estrellas, pero nosotros lo vivimos como un tiempo interminable, como largas tardes, como largas noches, como largos viajes, como largas esperas, como largas esperas, porque siempre estamos esperando. Esperando a que llegue, esperando a que termine, esperando a que empiece. Nuestro aburrimiento es un escándalo. ¿Cómo podría ayudarnos nuestra alma cuando estamos aburridos? Ella no comprende esos sentimientos nuestros.
SUEÑOS DE MÁQUINAS. Hemos descendido aquí para vivir una aventura pero no la vivimos, estamos aburridos, estamos esperando, estamos desanimados. Nada es como deseábamos. Entramos en una época en la que será cada vez más difícil sentir que estamos vivos. La vida de nuestro cuerpo, de nuestras emociones y de nuestra imaginación entra en el terreno de la fantasía y del sueño de las máquinas. Nos estamos convirtiendo en sueños de máquinas y estamos dejando que nuestra vida se convierta en vida virtual. Pero esta nueva dificultad no es más que una forma nueva del sueño en que siempre hemos vivido. La revolución cibernética no hace sino revelarnos con toda la crudeza de una caja de metal llena de resplandores eléctricos, que vivimos una vida pasiva y que dejamos pasar los días como si estuviéramos muertos, sin ser capaces de recordar que estamos vivos y podemos hacer lo que queramos.
Algunos han llegado a sospechar que quizá no estemos vivos, que quizá nuestra vida no sea otra cosa que la suma de sueños y recuerdos de lo que éramos cuando estábamos vivos. Eso explicaría esa cualidad de irrealidad y de sueño que tiene a menudo nuestra existencia. Pero no es cierto, no estamos muertos aunque vivimos como si lo estuviéramos. Estamos vivos, podemos hacer lo que queramos. Entonces, ¿qué te detiene? ¿Qué me detiene? ¿Por qué no actúo? ¿Por qué no tomas las riendas de tu vida? Te posee una curiosa pereza, una extraña lasitud. No te das cuenta de que estás vivo y puedes hacer lo que quieras.
________________________ Andrés Ibañez