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sábado, 9 de junio de 2012

Iglesia vs. Juarroz

Ayer falleció la madre de unos amigos. Me invitaron a que preparara y leyera algo en el funeral. Siempre es difícil elegir un texto para situaciones tan delicadas, pero he tenido suerte: hace años encontré un texto de Roberto Juarroz (más abajo podrán leerlo) que me pareció expresaba a la perfección lo que necesitamos oir cuando nos encontramos en el duelo.
Esta mañana, después de tener que soportar la arenga desbalazada, enervada y pelín psicótica del párroco durante el funeral (he oído muchas homilías y creo que estuvo muy desafortunado), dieron paso a amigos y familiares para que dijéramos unas palabras. Como estaba acordado, salí yo representando a las voces de todos.
Según me han contado después, el sacerdote no paraba de hacer gestos de sorpresa y desaprobación según iba avanzando en mi lectura. Luego, el pobre hombre se sintió herido y, supongo, atacado y quiso decir él la última palabra.
"Nosotros, los cristianos, no creemos en la muerte"; "La muerte es el comienzo"... la verdad, se ha puesto un poco nervioso.
He estado a punto de sacar otro poema y darle la réplica pero, ya saben, ellos son los poseedores de la Palabra y dio punto final a la ceremonia.
Imagino que se ha sentido insultado al ver cómo se colaba, en su propia "casa", un mensaje contradictorio a sus lecturas.
Juzguen ustedes mismos.



Nos confunde la actitud discreta de la muerte.
Al ir muriendo uno a uno,
como si cada partícula de un rayo de luz,
cada hoja de un árbol
o cada ladrillo de una casa
se fuera desintegrando por su cuenta,
olvidamos que todo está muriendo.

Similar contención
ocurre con la sombra que avanza,
la sequía que crece,
las ruinas que flanquean los caminos
y los cementerios que aumentan lentamente,
empujando en silencio a los que pasan.

Así desatendemos el proyecto global,
aunque a veces desaparezcan ciertos rostros
o nos desconcierte alguna quiebra
en la secuencia acostumbrada.

La vida es una situación sin aviso previo.
La muerte trae en cambio una ambigua proclama,
mimetizada en sutiles geografías,
confundida entre discursos y cortejos.

Es necesario entonces desbaratar ese mensaje
y oponerle una neta advertencia.
Debe decir tan sólo: Aquí morimos.
Aquí morimos todos juntos,
a pesar del orden o el desorden
de morir falsamente uno por uno.

Roberto Juarroz
“Undécima poesía vertical”

lunes, 5 de enero de 2009

CINCUENTA AÑOS DE POESÍA VERTICAL

LETRAS LIBRES.
Enero de 2009
Mario Eraso

Se debe a Octavio Paz la primera mención de Roberto Juarroz en México (seis poemas que por él se publicaron a fines de 1960, en el número 16-18 de la Revista Mexicana de Literatura, dirigida por Tomás Segovia y Juan García Ponce). Los dos se conocieron a comienzos de esa década en París; allí tenían una amiga común, Alejandra Pizarnik, quien, al parecer, los presentó. A Paz le impresionaron los poemas de Juarroz por su “concentración y nitidez”, según cuenta en la nota que escribió para La Nación (9 de abril de 1995), con motivo de la muerte de Juarroz. Era la revelación de la imagen poética, de ahí su oscura claridad: catorce poemarios con el nombre de Poesía vertical, numerados en forma sucesiva para diferenciarlos; más de mil doscientos poemas sin título, en libros sin epígrafes, escuetos, sobrios, el primero de los cuales se imprimió en Argentina el 14 de agosto de 1958.

(seguir leyendo, aquí)

lunes, 5 de noviembre de 2007

POESÍA VERTICAL


En una conversación alquimista, Jorge Reichmann me envía a la Poesía Vertical de Roberto Juarroz y encuentro esto.


Romper también las palabras,

como si fueran coartadas ante el abismo

o cristales burlados

por una conspiración de la luz y la sombra.


Y hablar entonces con fragmentos,

hablar con pedazos de palabras,

ya que de poco o nada ha servido

hablar con palabras enteras.


Reconquistar el olvidado balbuceo

que hacía juego en el origen de las cosas

y dejar que los pedazos se peguen despues solos,

como se sueldan los huesos y las ruinas.


A veces lo roto precede a lo entero,

los trozos de algo son anteriores a algo.


El aprendizaje de la unidad

es aún más humilde e incierto

que lo que sospechamos.

La verdad es tan poco segura

como su negación.